En 2022, el 14.5 % de la población boliviana usó algún tipo de medicina tradicional (posible efecto post-pandemia). Especies como el matico (Piper aduncum), la uña de gato (Uncaria tomentosa), la sangre de grado (Croton lechleri), la quina quina (Cinchona calisaya), el motacú (Attalea princeps) y el copaibo (Copaifera spp.) constituyen la primera línea de cuidado para miles de familias, especialmente en poblaciones que se identifican como indígenas . Este saber ancestral depende de la naturaleza, no hay medicina tradicional sin bosques sanos que la sustenten.

En 2022, el uso de medicina tradicional alcanzó un pico de 24.69 %, muy superior al resto de la población. Esto refleja una mayor dependencia y una transmisión más viva de los saberes ancestrales.

En la población no indígena el uso también aumentó, llegando a un máximo de 11.39 % en 2022, aunque en niveles claramente inferiores. Esto muestra que la medicina tradicional trasciende, pero está más arraigada y es más intensa entre las poblaciones originarias.

La medicina tradicional es fundamental para cuidar nuestra salud, pero para que siga existiendo necesitamos bosques sanos.

La medicina tradicional está profundamente ligada a los ecosistemas de Bolivia. En ellos, los bosques, que no solo proveen alimentos y regulan el clima y el agua, sino que son el “botiquín vivo” y el repositorio del conocimiento ancestral sobre plantas medicinales. La deforestación debilita las formas de vida y los saberes locales que dependen de ellas.

Conservar los bosques es también conservar la biodiversidad y la posibilidad real de seguir accediendo a estas medicinas y estrategias de salud comunitarias.